jueves, 13 de septiembre de 2007

EL HOMBRE PREGUNTA A JESÚS

Sabemos por experiencia que se pueden formular preguntas con una recta intención, por simple curiosidad, con una intención no buena (capciosidad), con un interés por salir de la ignorancia, por aprender, porque la otra persona da la posibilidad de preguntar y genera inquietud por saber más, por saber de lo trascendente, de Dios.
Los tipos de preguntas son muchos.
Eso lo sabe bien una persona experta en Lenguaje y en Comunicaciones.
En ésta breve reflexión, trataré de agrupar las preguntas que hicieron a Jesús.
Hay de todos los tipos.
Tras cada una de ellas, hay una intención. Y, tras cada intención, una acción sabia, recta, verdadera y amorosa de Jesús.
Te invito para que, por medio de ésas preguntas realizadas a Jesús y, seleccionadas según los grupos de personas que se relacionaron con Él, puedas descubrir al Maestro, al Salvador, al Mesías, al Pastor, al Dios hecho Hombre.
En primer lugar, está la pregunta que hacen los discípulos de Juan el Bautista que, movidos por la curiosidad e indicaciones del mismo Juan, le siguieron:
¡Maestro! ¿Dónde vives?
En segundo lugar, la pregunta, llena de asombro y curiosidad que le formula Natanael, amigo de Felipe:
¿De cuándo me conoces?
Seguidamente están las tres preguntas que Nicodemo, magistrado judío, formula a Jesús cuando le propone, en una conversación privada, nacer de nuevo:
¿Cómo uno puede nacer siendo ya viejo?
¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?
¿Cómo puede ser eso?
San Juan, nos presenta otro diálogo de Jesús. Esta vez es con una mujer samaritana, con los que los judíos no tenían gran simpatía ni comunicación.
Son cuatro preguntas.
La primera, es llena de asombro e incredulidad:
¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
La segunda, está marcada por la ignorancia, por el desconocimiento de la persona que, ésa mujer, tiene ante sí. No comprende sus palabras:
¿De dónde, pues, tienes esa agua viva?
La tercera pregunta, manifiesta algo más que asombro. Diría casi un escándalo religioso. Es maravilloso, cómo Juan expresa el momento de la mujer:
¿Es que tú, eres más que nuestro padre Jacob?
Y, por último, la cuarta pregunta que se hace - ahora - el pueblo samaritano al escuchar el testimonio de la mujer y de lo que le había sucedido. Impresiona apreciar cómo, San Juan, por medio de una pregunta, deja por escrito lo que, a la distancia, sucede con el hombre a partir de lo que Jesús dijo a una mujer. Es que, los hombres tanto de la tierra de Samaria y de Judá, esperaban al Mesías:
¿No será ése el Cristo?
San Juan presenta a los discípulos formulando una serie de preguntas.
La primera es, de asombro, expresa sorpresa:
¿Cuándo has llegado aquí?
La segunda reviste un aspecto legal y religioso. Se la plantean cuando están ante un mendigo ciego.
¿Quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?
La tercera pregunta desvela un interés concreto: qué hacer para lograr lo que el Maestro les propone y exige. Reviste y trasluce todo un compromiso personal y colectivo frente a Dios.
¿Qué hemos de hacer para obrar las obras de Dios?
La cuarta y quinta pregunta, trasuntan la inquietud ante la incertidumbre.
¿Cómo podemos saber el camino?
¿Qué pasa que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?
San Juan, presenta a la gente preguntándose acerca de los signos. Porque, ella, necesita de signos para creer:
¿Qué señal vas a realizar para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obras vas a hacer?
Y, también presenta a la gente interesada en la identidad del Hijo del hombre. En la identidad de Jesús. Presenta a una gente que no logra desentrañar y reconocer en Jesús al Mesías.
¿Quién es ése hijo del hombre?
Presenta a la gente, preguntándole acerca de quienes desean el mal para Él:
¿Quién quiere matarte?
También, los judíos (el pueblo en general), son presentados por San Juan con una serie de preguntas que, de una u otra manera, desvelan toda una intencionalidad y, también, ¿por qué no decirlo?: una curiosidad por saber ante quien – en definitiva – están.
No logran entender las enseñanzas y palabras de Jesús y los muestra estrechos de corazón para acoger su Palabra. Incrédulos:
¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
¿Y tú lo vas a levantar en tres días?
Formulan una pregunta que se puede tomar bajo dos perspectivas:
Asombro ante su sabiduría y conocimientos de las escrituras sagradas, o bien bajo una mirada de menosprecio, porque, ellos, eran los estudiosos y los sabios ante el pueblo. Ellos tenían la competencia y autoridad:
¿Cómo entiende de letras sin haber estudiado?
Juan los presenta inquiriendo acerca de su origen, sobre su identidad:
¿Quién eres tú?
Las preguntas cuestionan y ponen en duda su autoridad:
¿Cómo dices tú: los haré libres?
¿Qué señal nos muestras para obrar así?
Por último, pone en boca de los judíos una pregunta que es mas bien una ofensa, una descalificación, un desprecio histórico y, una condenación. Le dicen que, en primer lugar, es un samaritano (no un judío) y, en segundo lugar, que es alguien totalmente alejado de Dios porque – según ellos – tiene un demonio:
¿No decimos, con razón que eres samaritano y que tienes un demonio?
Los escribas y fariseos, son presentados por Juan, con otro estilo e intencionalidad en sus preguntas.
Ante el caso de la mujer adúltera, preguntan para "probarlo" y, según sea la respuesta, tener un motivo de acusarle. La situación era muy complicada. Esa mujer debía morir apedreada según la Ley, ellos lo sabían y, sabían muy bien qué hacer en ésas circunstancias. Se unieron los expertos en las escrituras y los expertos en la aplicación de la Ley. Le preguntan, entonces:
¿Tú, que dices?
Seguidamente, podrás observar varias preguntas relacionadas con el origen de Jesús, con su historia, con su ascendencia. Una apunta directamente a su fama, a su autoconcepto y, la última de este grupo, va dirigida al lugar donde Jesús tiene a su Padre.
¿Eres más que nuestro padre Abrahám que murió?
¿Aún no tienes cincuenta años y ya has visto a Abrahám?
¿Por quién te tienes a ti mismo?
¿Dónde está tu Padre?
Una penúltima pregunta que pone San Juan en boca de los fariseos, está en el contexto de la sanación del ciego de nacimiento y que, es producto de una breve pero extraña descripción del juicio al que ha venido Jesús:
¿Es que nosotros también estamos ciegos?
Y, la última pregunta, está relacionada con una respuesta que, ellos esperan de Jesús para condenarle, incluso, producto de la respuesta de Jesús, los judíos trajeron piedras para lanzárselas
¿Hasta cuando vas a tenernos en vilo?
San Juan, antes del juicio de Pilato, estampa una pregunta de uno de los guardias del palacio de Anás, suegro del Sumo Sacerdote Caifás.
Si antes, las preguntas que hacían a Jesús, estaban llenas de intriga y mala intención, en ésta ocasión la pregunta está cargada de violencia. Es el primer golpe que recibe Jesús en pleno rostro.
¿Así contestas al Sumo Sacerdote?
San Juan, pone en boca de Pilato seis preguntas. Algunas están orientadas a descubrir el delito y otras, son de interés personal de Pilato. La última dice cierta impotencia ante la decidida voluntad de Jesús por hacer la voluntad de su Padre, cosa que Pilato nunca - en el relato del Evangelio – pudo aclarar ni dimensionar:
¿Eres tú el rey de los judíos?
¿Es que yo soy judío?
¿Qué has hecho?
Luego, ¿Tú eres rey?
¿Qué es la verdad?
¿De dónde eres Tú?
¿A mí no me hablas?
¿No sabes que tengo poder para soltarte y poder para crucificarte?
San Juan, recuerda seis preguntas, que Pedro realizó a Jesús. (Sin lugar a dudas que tuvo que haberle hecho muchas, muchísimas más)
La primera pregunta, se ubica en el contexto de la última cena y el gesto de Jesús en el lavado de los pies. Ese gesto, Pedro, no lo entiende, por ello realiza la pregunta desconcertado, asombrado, incómodo:
¿Lavarme tú a mí los pies?
Otra pregunta, está llena de estupor, espanto – tal vez – curiosidad e incredulidad ante la realidad de la traición. No la hace directamente Pedro pero, él, con un gesto, ordena que Juan la realice:
Señor ¿Quién es?
Dependencia, indefensión, confianza, arrojo, valentía, entusiasmo, fe, debilidad, entrega. En fin. Son muchas las conjeturas que podríamos sacar tras las preguntas de Pedro. Muchas.
¿Dónde vamos a ir?
Señor ¿Adónde vas?
¿Por qué no puedo seguirte ahora?
La última pregunta que se pone en boca de Pedro, tiene una clara alusión a la propia persona de San Juan.
Hay una suerte de celo por Jesús. Esto es una clara indicación o, constatación que Jesús eligió a hombres con limitaciones para que continuasen su obra.
No hay que quedarse con el descubrimiento de ésta realidad, sino con la respuesta de Jesús. Él sabe lo que hace y, hace todo lo que ha visto hacer a su Padre.
He aquí la pregunta:
Señor y éste ¿qué?
Querido hermano (a):
Esta reflexión, no fue pensada para que, tú, te quedes entrampado en las preguntas.
¡Busca en el Evangelio la respuesta a cada pregunta!
¡Eso!
¡Encuentra las respuestas!
¡Encontrando las respuestas, encontrarás a Jesús!
¡En las respuestas está Jesús!
Por eso, termino validando la pregunta que hizo el ciego de nacimiento después de recobrar la vista, gracias al milagro de Jesús:
¿Quién es, Señor, para que crea en él?
No lo olvides.
¡En las respuestas está Jesús!
¡Búscalo!